El primer día: Luxor, la antigua Tebas
Había algo mágico en ese primer amanecer sobre el Nilo. Cuando Julio y Lola despertaron a Fernando y a Carlos antes del alba para llegar a Karnak con las primeras luces, nadie imaginaba que ese día se convertiría en uno de los más intensos y emocionantes de nuestras vidas. Luxor, la moderna ciudad que se asienta sobre las ruinas de la antigua Tebas, la capital del Imperio Nuevo egipcio, nos recibió con el cielo todavía teñido de naranja.
Tebas fue, durante más de quinientos años, la ciudad más poderosa del mundo conocido. Aquí reinaron los grandes faraones del Imperio Nuevo: Tutmosis III, el conquistador; Hatshepsut, la reina que gobernó como faraón; Amenhotep III, el constructor; Ramsés II, el Grande. Sus templos, sus tumbas, sus monumentos... todo ello se concentra en este rincón del Alto Egipto, a orillas del Nilo, como si la historia hubiera decidido acumularse aquí para asombrar a las generaciones futuras.
En este primer día recorrimos la orilla este del Nilo —donde se alzan los templos de los vivos— y la orilla oeste, la tierra de los muertos, donde los faraones mandaron excavar sus tumbas en el corazón de las montañas. Un día completo, desde el amanecer hasta la noche, que nos dejó sin palabras y con los pies cansados, pero con el corazón lleno.
El Templo de Karnak al amanecer
Llegamos a Karnak cuando el sol apenas despuntaba sobre el horizonte y los primeros rayos de luz dorada comenzaban a filtrarse entre las columnas de la Gran Sala Hipóstila. En ese momento mágico, con el complejo casi vacío de turistas, comprendimos por qué los antiguos egipcios llamaban a este lugar Ipet isut: "el más selecto de los lugares".
El templo principal estaba dedicado a Amón-Ra, el rey de los dioses y dios del sol, cuyo culto alcanzó aquí su máximo esplendor durante la Dinastía XVIII. Al entrar por la avenida de las esfinges con cabeza de carnero —símbolo del dios Amón— uno siente que está pisando el umbral de lo sagrado. Carlos se quedó boquiabierto ante los carneros de piedra que flanqueaban el camino; Fernando, con su curiosidad insaciable, quería saber cuántos había.
La Gran Sala Hipóstila es, sin duda, el corazón de Karnak. Sus 134 columnas gigantescas —las más altas miden 21 metros de altura y 10 de circunferencia— fueron construidas por Seti I y completadas por su hijo Ramsés II. Caminar entre ellas es como adentrarse en un bosque de piedra donde los jeroglíficos cubren cada centímetro de superficie, narrando las glorias de los faraones y los mitos de los dioses. Julio intentó abarcar una columna con los brazos y no llegó ni a la mitad.
Los obeliscos de Hatshepsut, la gran reina-faraón, se elevan todavía hacia el cielo como agujas de granito rosa. Uno de ellos, de 29 metros de altura, sigue en pie después de 3.500 años. Hatshepsut los mandó recubrir de electro —una aleación de oro y plata— para que brillaran como el sol. Su sucesor, Tutmosis III, intentó borrar su memoria tapando los obeliscos con muros de piedra, pero paradójicamente eso los preservó hasta nuestros días.
El Museo de Luxor
Tras la emoción de Karnak, nos dirigimos al Museo de Luxor, un edificio moderno y elegante que se asoma al Nilo en la Corniche. A diferencia del abrumador Museo Egipcio de El Cairo, el de Luxor apuesta por una selección reducida pero extraordinaria de piezas, presentadas con una iluminación cuidadísima que hace que cada escultura parezca cobrar vida.
Carlos se quedó fascinado ante las momias y los sarcófagos, mientras que Fernando no podía apartar los ojos de las estatuas de los faraones. Lola y Julio aprovecharon para fotografiar los relieves policromados que todavía conservan sus colores originales después de tres mil años. En 1989, durante unas obras en el Templo de Luxor, se descubrió un escondrijo con 26 estatuas perfectamente conservadas; muchas de ellas se exponen hoy aquí.
El Templo de Luxor
A pocos pasos del museo, el Templo de Luxor se alza majestuoso junto al Nilo, en el corazón mismo de la ciudad moderna. Conocido en la antigüedad como Ipet Resyt, "El Harén del Sur", fue construido principalmente por Amenhotep III hacia el año 1390 a.C. y ampliado por el gran Ramsés II un siglo después.
Lo que hace único al Templo de Luxor es que en su interior conviven tres mil años de historia religiosa: los relieves del faraón Amenhotep III, las inscripciones de Ramsés II narrando la batalla de Qadesh, un santuario construido por Alejandro Magno —que se hizo representar como faraón egipcio—, una capilla romana, y en lo alto del primer pilono, la mezquita de Abu el-Haggag, del siglo XIII, que sigue en uso hoy en día. Un palimpsesto de civilizaciones superpuestas.
Fernando y Carlos corrieron entre los colosos de Ramsés II que flanquean la entrada, intentando imitar la pose solemne del faraón. La foto que sacó Julio en ese momento es, sin duda, una de las más entrañables del viaje.
El Valle de los Reyes
Cruzamos el Nilo en barca para adentrarnos en la orilla oeste, la tierra de los muertos. Los antiguos egipcios creían que el sol moría cada noche al ponerse por el oeste y renacía cada mañana por el este; por eso, los templos de los vivos se construían en la orilla este y las tumbas en la oeste. Así llegamos al Valle de los Reyes, el cementerio más famoso del mundo.
El calor era ya considerable cuando descendimos hacia el valle. La montaña que domina el paisaje, conocida como el Qurn, tiene una forma natural piramidal que los egipcios consideraban sagrada: era la pirámide natural que protegía a los faraones enterrados a sus pies. Carlos preguntó si había fantasmas en las tumbas; Julio le explicó que los antiguos egipcios creían que el espíritu del faraón —el ka— vivía eternamente en su tumba, siempre que esta estuviera bien provista de ofrendas.
Las paredes de las tumbas están cubiertas de textos religiosos y escenas del viaje del alma al más allá: el Libro de los Muertos, el Libro de las Cavernas, el Libro de las Puertas. El faraón debía superar doce horas de oscuridad —doce puertas guardadas por serpientes y demonios— para renacer con el sol al amanecer. Los colores, a pesar de los milenios, siguen siendo extraordinariamente vivos: azules intensos, rojos brillantes, ocres dorados.
Fernando quedó especialmente impresionado por la tumba de Ramsés IV, con su enorme sarcófago de granito rosa y sus inscripciones astronómicas en el techo. Lola no podía creer que estaba viendo con sus propios ojos lo que había estudiado en los libros de historia.
El Templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari
Adosado a los imponentes acantilados de piedra caliza de la orilla oeste, el templo funerario de Hatshepsut es, sin duda, el monumento más elegante y sorprendente de toda Luxor. Conocido como Djeser-Djeseru, "el sublime de los sublimes", fue construido hacia el año 1470 a.C. y diseñado por el arquitecto Senenmut, el hombre de confianza de la reina.
El templo se articula en tres terrazas escalonadas conectadas por rampas, con columnatas de piedra caliza blanca que contrastan con el ocre de los acantilados. Los relieves del interior narran episodios extraordinarios: la expedición comercial al misterioso país de Punt (posiblemente la actual Somalia o Eritrea), de donde Hatshepsut trajo árboles de incienso, marfil, pieles de animales exóticos y animales vivos; y el relato del nacimiento divino de la propia reina, hija del dios Amón.
Carlos corrió por las rampas del templo mientras Fernando leía en voz alta los cartuchos de Hatshepsut que habían sobrevivido a la damnatio memoriae de Tutmosis III. Lola se detuvo ante los relieves de la expedición a Punt, maravillada por la precisión con que los artistas egipcios representaron plantas, animales y personas de tierras lejanas.
Cerca de aquí, en 1881, se descubrió uno de los hallazgos arqueológicos más espectaculares de la historia: un escondrijo (conocido como DB320) con más de cuarenta momias reales, entre ellas las de Ramsés II, Seti I, Tutmosis III y la propia Hatshepsut. Los sacerdotes las habían ocultado allí hace tres mil años para protegerlas de los saqueadores de tumbas.
Los Colosos de Memnón
Al final de la mañana, ya con el sol en lo alto y el calor apretando, nos detuvimos ante los Colosos de Memnón, las dos gigantescas estatuas de piedra arenisca que se alzan solitarias en medio de los campos de cultivo de la orilla oeste. Con sus 18 metros de altura, representan al faraón Amenhotep III sentado en su trono, mirando hacia el este, hacia el Nilo y el sol naciente.
Carlos y Fernando se fotografiaron junto a los colosos intentando imitar la pose solemne de los faraones. La escala es difícil de comprender hasta que estás delante: el dedo índice de la mano de Amenhotep III mide más de un metro de longitud. Julio señaló que los faraones construían estas estatuas colosales no por vanidad, sino para que los dioses pudieran reconocerlos desde el cielo.
Noche en Esna: el Templo de Jnum
Después de un día agotador pero emocionante, la tarde nos llevó hacia el sur, río arriba, hasta la pequeña ciudad de Esna. Allí, enterrado varios metros bajo el nivel de la calle moderna —pues la ciudad ha crecido sobre las ruinas antiguas—, se conserva la sala hipóstila del Templo de Jnum, el dios con cabeza de carnero que, según la mitología egipcia, modeló a los seres humanos en su torno de alfarero con el barro del Nilo.
Llegamos al atardecer, cuando las luces cálidas del templo iluminaban los relieves de las columnas con una luz dorada. Carlos, que ya empezaba a dar señales de cansancio, se despertó de golpe al ver el pozo en el que está excavado el templo: "¡Parece que está en un hoyo!", exclamó. Y tenía razón: el nivel del suelo antiguo está casi seis metros por debajo de las calles actuales de Esna.
Fue el broche perfecto para un día que nos había llevado desde el amanecer en Karnak hasta la noche en Esna, recorriendo tres mil años de historia egipcia. Julio y Lola miraron a Fernando y Carlos mientras estos examinaban los jeroglíficos del techo con una linterna, y pensaron que quizás, dentro de muchos años, estos niños recordarían este día como uno de los más especiales de su infancia.
Así terminó nuestro primer día en Luxor: con los pies cansados, la mente llena de imágenes y los corazones rebosantes de gratitud. Habíamos caminado por los mismos suelos que pisaron los faraones, habíamos mirado a los ojos de estatuas que llevan tres mil años mirando al horizonte, y habíamos descendido a las entrañas de la tierra donde los reyes más poderosos de la antigüedad esperaban su resurrección.
Fernando y Carlos, que al principio del día no terminaban de despertar, se fueron a dormir esa noche con la cabeza llena de preguntas: ¿Cómo construyeron esas columnas tan grandes? ¿Cómo sabían los egipcios que la tierra era redonda? ¿Por qué pintaban los ojos de los muertos en los sarcófagos? Esas preguntas, más que cualquier foto o recuerdo material, son el verdadero tesoro de este viaje.
Luxor, 15 de febrero de 2026